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Uys parece que has cogido algún kilito ¿no?

¿No odias cuando alguna “amiga” te dice esa frase? Y tú buscas excusas con una sonrisa de medio lado “si, quizá un poco… ya sabes, el estrés” o “hija, es que cuando llegas a una edad, el cuerpo cambia…

Y llegas a casa con la frase taladrándote la cabeza. Y esa noche cenas un yogurt. Eso si cenas.

Y al día siguiente te levantas con el firme propósito de empezar dieta. Y lo llevas bien hasta las… ¿10 de la mañana? Porque, claro, solo has desayunado un café con leche desnatada (oye que tú cuando te pones, te pones) y a las 10:00 de la mañana la ansiedad empieza a apoderarse de ti… y levantas la mirada del ordenador buscando cómplices…

Y que parezcas una jirafa levantando el cuello en tu puesto de trabajo tiene su recompensa: “¿Un café”.. te dice un compañero que se compadece de ti (o que quizá esta mañana ha empezado una dieta)  Uf era lo que estabas esperando. “Si, si claro… lo necesito”.

Y cuando te das cuenta, tienes un café capuchino en una mano y en la otra un donut de chocolate (si, si, de los de toda la vida que se te queda el chocolate en los dedos). Pero tu no querías. Ha sido la maquina de vending que te ha engañado con su oferta.

Con el subidón de azúcar vuelves al trabajo a tope, pero la alegría dura poco cuando te cae un marrón en forma de mail.

Y de repente, cuando miras el reloj, son las 16 de la tarde ¿Cómo es posible?  ¡Mierda! (si, has dicho mierda) los niños están a punto de salir del cole.

Bajas en el ascensor intentando no parecer una loca mientras te pones el abrigo, te cuelgas el bolso, buscas las llaves del coche.. ¿Y el móvil? Uf menos mal, lo tenías en el bolsillo…

Una vez en el coche, te das cuenta que no has comido nada desde aquel donut de las 10:00 … (ummm que rico estaba… ) La tripa te pide algo. Lo que sea. Entonces recuerdas que el otro día los niños estuvieron comiendo risketos en el coche (lo recuerdas porque les gritaste que no tocaran nada con esas manos naranjas pringosas).  Buscas en el asiento de atrás… ¡¡Ahí están!!!

Pese a que están un poco rancios sacian tu hambre mientras vas apurada al cole. Ya comerás algo mientras los llevas a natación, piensas. Y así es, mientras lo peques lucen manguitos, tú te acercas al bar del gym… ¡¡ benditos bares!!
– “Me pones una cerveza y un montadito de lomo con pimientos por favor” (mientras tu cabeza se convence que aceptamos “pimiento como verdura”)

Llegas a casa, cansada. Tan cansada que cuando los niños te preguntan que hay de cena,  a ti se te hace bola.  Y necesitas sobrevivir, así que pedir comida a domicilio te parece la mejor opción.

“Niños, hoy pedimos cena en casa” “ Biiiiiiiien pizza” gritan con los brazos en alto y dando saltitos. ¿Pizza? Pensaba algo más sano, yo estoy a plan…. Y sucumbes porque no quieres más líos.

Y la pizza llega. Y te la comes. Y piensas que por lo menos la pizza llevaba piña (que es una fruta)

Y mientras estás en la cama haciendo repaso del día piensas que bueno… que ya es jueves. Que ya si eso esperas al lunes para empezar con la dieta. Y te duermes sabiendo que es mentira.

Y es que esta historia se repite más veces de las que piensas. Si te sientes identificada en algo o incluso en todo, siento decirte que necesitas a alguien que te enseñe a gestionar lo que está ocurriendo.

Comer saludable no es solo comer sano. Estar en tu peso ideal solo se consigue detectando los problemas emocionales que te lleva a comer de forma desordenada. Estrés, hábitos poco saludables, falta de tiempo o ansiedad son alguno de los motivos que nos llevan a comer de forma caótica

Si necesitas que valoremos juntas qué está ocurriendo en tu día a día para que no consigas comer de forma saludable, llámame.

Recuerda que la primera consulta es gratis.

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